La teoría conspiranoica total

Despierta.

Todo gira en torno al poder.

Los adalides del Nuevo Orden Mundial, con base en Estados Unidos, no pueden tolerar que China les arrebate el liderazgo global. Al fin y al cabo, han invertido mucho esfuerzo y dinero para alcanzar esa posición.

Asesinaron al creador del motor de agua. Mataron a JFK para que no revelase el falso alunizaje, y a su hermano Robert para que no descubriese que, de hecho, la Tierra es plana. Incluso acabaron con Carrero Blanco cuando este se disponía a hacer público que, en 1968, el gobierno franquista compró Eurovisión para que ganase Massiel. Demasiado esfuerzo, demasiado dinero como para verse ahora superados por los chinos.

Todo empezó en los años 50, cuando los illuminati filtraron a la prensa documentos OVNI para desviar la atención de las armas ultramodernas que, por entonces, creaban y probaban en el Área 51. Pronto descubrieron, sin embargo, que había una técnica de control de masas mucho más eficaz que la bélica: la biológica.

A finales de los 50, inyectaron agua a miles de bebés enfermos de polio. El experimento sirvió para demostrar que la población lo aceptaba sin cuestionarlo siquiera. Empezaba la era de las vacunas.

A la población mundial se le inyectaron toxinas, DDT, cloro y, desde hace unos años, nanobots. Algunos experimentos salieron mal, provocando autismo y creando nuevas enfermedades como el SIDA. Era, sin embargo, un precio pequeño por el dominio mundial.

El club Bilderberg, cara pública del poder reptiliano, pronto comprendió que la superpoblación era un obstáculo para sus planes, y puso en marcha diversas estrategias con el objetivo de contenerla.


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