El arte de abrazar negros

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Abrazar negros es un arte político sumamente complejo. Para empezar, y a deferencia de lo que se podría suponer, no vale cualquier negro. Debe buscarse uno ni muy pobre ni muy rico, ni muy inmigrante ni muy adaptado. Un negro neutro, cuya principal característica estética sea precisamente su negritud (inevitablemente realzada por la blancura del representante electo).

La importancia democrática de este tierno gesto no debe ser subestimada. La historia ha demostrado su capacidad para movilizar una gran cantidad de voto. De qué, si no, iban a andar los políticos abrazando a nadie. Recordemos, por ejemplo, la entrega con que González, Zapatero y hasta el propio Aznar, tan poco dado al amor, estrechaban al primero que se les cruzaba en periodo electoral. Bien es cierto que negros no había muchos, pero esto no se debe tanto a un prejuicio racial como al hecho de que, hasta hace bien poco, los africanos eran una rareza demográfica.

Dicho esto. En ningún caso debe interpretarse el abrazo de negros como un acto racista, tal y como sostienen algunos colectivos. Baste señalar, como prueba, que no hay documentado un solo episodio en nuestra democracia en que un negro fuese abrazado contra su voluntad.

La columna completa, en eldiario.es.

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