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La culpa de todo la tuvo un libro.

Eso pensaría Tomás al contemplar las cosas con una cierta aunque, sin duda, insuficiente perspectiva. Tuvieron que pasar las semanas, tuvo que ordenar con calma sus ideas y también buena parte de su vida. Y entonces, cuando por fin encontró un momento de reposo, se sentó al borde de una cama que no era la suya, miró la desangelada pared que tenía enfrente y, tras repasar con sosiego los últimos y turbulentos acontecimientos, se dijo:

—Fue por el libro.

No era cierto, desde luego. Los libros no tienen esa capacidad. Se diga lo que se diga, un libro no puede volver del revés la vida de una persona. No, al menos, la de un adulto. Y Tomás lo era, como atestiguaban las canas que empezaban a cubrirle ya no solo la cabeza, sino también las cejas y parte del pecho. Tenía casi cuarenta años. A esa edad, un libro puede, como mucho, trastocar sutilmente las ideas de uno, alterarlas en algún aspecto, desafiarlas, añadir un punto de vista o completarlo, e incluso algo así está al alcance de muy pocas obras. Pero ¿ponerlo todo patas arriba, como fue su caso, de la noche a la mañana? Eso, definitivamente, no está al alcance de ninguna.

La conclusión de Tomás, por tanto, no era más que una excusa. Una coartada con la que justificar ante sí mismo el violento e inesperado torbellino que le había zarandeado como a un pelele hasta postrarle frente a aquella pared que ahora contemplaba en silencio. «El libro —mascullaba—, el maldito libro». Y bien, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Culparse a sí mismo? ¿A su mujer? ¿Repartir la culpa entre ambos? Esa habría sido una opción, de acuerdo, y lo cierto es que se lo planteó. Lo barajó un buen rato, llegó a considerarlo muy seriamente, pero acabó inclinándose por el libro. Aquella resultaba una opción a todas luces menos dolorosa.

Pero ¿por qué al libro precisamente? ¿Por qué no al jarrón, por ejemplo? Después de todo, también el jarrón acabó en el suelo aquel día infausto. Tomás lo recordaba con extraordinaria nitidez, haciéndose pedazos en la entrada, a sus pies, junto a la puerta. Y, sin embargo, al jarrón nunca le echó la culpa. Ni se le pasó por la cabeza siquiera.

Si Tomás eligió precisamente el libro como responsable de sus desgracias fue debido a la naturaleza de este. No era un libro cualquiera. Se trataba de una obra atípica en una edición peculiar, eso que los libreros gráficamente definen como «rareza». Fue esa singularidad la que venció la balanza de la culpa hacia él y no hacia el jarrón o hacia el coche o hacia cualquiera de los demás objetos que participaron, en mayor o menor medida, en el incidente.

—Es una edición limitada de solo seiscientos ejemplares —le había dicho el librero encargado de su búsqueda. Y también—: No sé si podré encontrarlo.

Pero pudo, aunque tardó. Y por eso precisamente, porque pudo y porque tardó, había acabado Tomás al borde de una cama que no era la suya dejándose llevar por aquellas divagaciones oscuras y del todo improductivas.

Aquel libro no fue el causante de sus desdichas, de acuerdo, pero es justo admitir que, sin él, las cosas jamás habrían ocurrido como ocurrieron. Un mérito extraordinario si tenemos en cuenta, además, que ni siquiera se molestó en leerlo. Tan solo lo hojeó, apenas unos segundos, y más por compromiso que por otra cosa. Porque Tomás, conviene aclararlo para evitar malentendidos, no era un bibliófilo. Era, de hecho, más bien lo contrario, si es que tal cosa es posible. «Los libros me aburren», decía siempre que salía el tema, y se encogía de hombros al decirlo, en un gesto que lo mismo podía interpretarse como disculpa que como indiferencia.

Esa ironía (que más tarde formularía de la siguiente manera: «los libros se han vengado de mí por tantos años de desprecio») acabaría por resultarle graciosa. Aunque para eso, para que Tomás fuese capaz de reírse de todo aquello, tendría que pasar el tiempo. Mucho más, desde luego, que unas pocas semanas.

 

Así empieza mi segunda novela, «Un lugar al que volver» (Planeta, 2019).

Los primeros capítulos puede leerse aquí.

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