Cuando hace dos años y medio estalló el escándalo de los trajes pensé que aquel hombrecillo gris y amanerado se parecía mucho a Adolf Eichmann, personaje por el que tengo una particular fijación. Eichmann, un tipo fascinante, fue teniente coronel de las SS y era el responsable de la logística que llevó a millones de judíos a los campos de concentración.Y fue también el eje y la inspiración de uno de los –para mí– más grandes ensayos del siglo pasado: “Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal” de Hannah Arendt. En él, la filósofa realiza una detalladísima crónica del juicio al que Eichmann fue sometido en la capital de Israel en 1961, tratando de comprender qué lleva a un hombre a formar parte de un horror semejante.En el juicio, el alemán admitió ser el responsable de la logística ferroviaria que hizo posible la Solución Final, pero se negó a asumir responsabilidad ética alguna. Él, insistió frecuentemente, solo hizo el trabajo que le habían encomendado, y lo hizo lo mejor que pudo. Se declaró un hombre concienzudo y laborioso que tan solo obedecía órdenes. Incluso mencionó los halagos que sus jefes (como Himmler) vertieron sobre su trabajo. Si sus hechos fueron moralmente reprobables o no, dijo, solo podía dilucidarlo Dios; en ningún caso un tribunal humano.En el ensayo, Arendt sostiene que Eichmann jamás se planteó que sus acciones eran terribles porque, en aquel contexto, no lo eran. Aquello estaba bien. Era lo que había que hacer, lo que todo el mundo hacía. Era su trabajo, y él lo llevó a cabo –en esto insistió mucho durante la vista– con extrema diligencia.En base a lo que vio y escuchó en el juicio, Arendt llegó a la conclusión de que la mayor parte de la gente obraría igual en una situación semejante. A ese fenómeno, a esa capacidad individual para prescindir de la moral cuando la sociedad prescinde de ella la llamó “banalidad del mal”. En otras palabras: todos somos capaces de las más crueles acciones si el contexto nos abriga.Este concepto fue –es­– enormemente polémico, ya que implica que la mayor parte de quienes colaboraron en la Solución Final no eran monstruos. No más que tú o yo. El monstruo era la sociedad.Hoy he visto a Camps dimitir en diferido porque, en un faraónico gesto de desprecio a la libertad de prensa, ha impedido que los medios retransmitieran su comparecencia en directo. Y mientras le miraba, de nuevo, me he acordado de Eichmann –el paso de los años les asemeja cada vez más–.Camps, eso me ha parecido, estaba confundido y rabioso. No entendía por qué su partido, al que tanto ha dado, le desprecia ahora. Después de todo, él sólo obedecía órdenes. Siempre hizo lo que le pidieron lo mejor que pudo. Con extrema diligencia.Las últimas palabras de Adolf Eichmann antes de morir fueron:“Tuve que obedecer las reglas de la guerra y las de mi bandera. Estoy listo”.Las de Camps han sido:“Toda mi vida, en mi corazón, anidará la idea de que el trabajo fue honorable y que el esfuerzo fue muy honorable. Muchas gracias”.Camps está convencido de que es inocente, y poco importa lo que determine un tribunal. Ante sus propios ojos, jamás será culpable de nada.El monstruo es la sociedad.

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